lunes, 12 de octubre de 2009

Alfa y Aurora

Las agujas del reloj suenan, pacientemente, solitarias, desbordantes. El silencio lo inunda todo, el reflejo de luz que serpentea las cortinas de la ventana le quitan un poco de incertidumbre a los ojos; más no al espacio inerte que deja el sudor frío que recorre mis manos debajo de las sábanas.

Doy vueltas con el pecho huracanado, me acompaña el roce que una ráfaga de aire deja en mi piel, mientras le otorgo un poco de fuerza a mis pupilas; intentando retener el cuerpo, la sonrisa, el aroma, de un súbito recuerdo que acude a mi memoria.

Amargura mientras respiro. Un poco de saliva para humedecer los labios hisutos. Un estertor para echar de los hombros la tensión. Un poco de calor en el estomago. Angustia que no logra atrapar una imagen definida. Eso, una imagen definida; por que ya ni eso es capaz de enviar el inconsciente a la conciencia de mis divagaciones. Y tal vez eso, simplemente eso es lo que me quita el sueño y me desespera.

Sigue el tic tac. Caigo en la cuenta de los minutos que transcurren, de los segundos que pasan, de la eternidad que me ocurre. De pronto una luz azul comienza a inundar mis sienes. Creo percibir, sentir, experimentar que todo se va.

Abro los ojos y ya no hay oscuridad. Todo está claro. Cada figura, cada sombra adquiere color, realce, notoriedad. Un leve movimiento y mis dedos empiezan a despertar junto con mi conciencia. Giro la cabeza reconozco el tic tac del reloj, el mismo de hace unas horas, sin embargo; ya no es el mismo.

Recuerdo que respiro. Siento el aire recorrer mis entrañas. El roce de las sábanas trae el calor a mi mente. Es el mismo lugar, no me fuí; pero nada es igual ... excepto, excepto por que a mi lado sigue vacío. Por que sé que el cúmulo de sensaciones duerme con la noche. Mientras paso frente a un nuevo día que intenta escapar a la imagen difusa, esa imagen que visita los surcos de mis entrañas cuando el ocaso aparece sublime y el cuerpo cae inerte, al finalizar la aurora.