
Desde aquél día no hay sosiego
Desde aquella tarde se fueron los sueños
los rayos dejaron de iluminar
mi alma dejo de alumbrar.
Mi piel se siente lacerada
mis labios, sangran de dolor,
mis ojos no dejan de ocultar, bajo un velo de lágrimas,
la hérida de aquél negro afán.
No pretendo recordar;
más el nudo en mi garganta es implacable,
el sudor en mis sienes es un fiero castigador
y las imágenes que surcan mi mente
una daga de filo aterrador.
¡No pasará! jamás lo hará;
aunque mi alma y mi lecho clamen por paz...
el calor, sí, es influjo abrazador,
todo lo quemado no tiene reparación.
